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domingo, 3 de febrero de 2008

Miyajima: la isla sagrada

A pesar del frío, salía el sol, el día iba estar lindo. Emprendimos nuestro viaje en el street car o tranvía moderno desde Hiroshima hasta el puerto, que se encuentra a unos 30 minutos.

Para el pueblo japonés la isla de Miyajima no es una isla cualquiera, la consideran sagrada desde tiempos inmemoriales y ha sido resguardada por todos los gobernantes a lo largo del tiempo.


La isla lleva el nombre del santuario, Itsukushima, pero popularmente se la conoce como Miyajima, que significa "isla santuario". Se encuentra en el mar interior de Japón, como si estuviera abrazada por la bahía, el entorno es muy hermoso. Es posible que debido a su belleza natural los antiguos pobladores de Japón la hayan venerado como asiento u hogar de los kamis o dioses, según la religión nativa del Japón.

Llegamos a la isla a través del ferry y apenas desembarcamos tuvimos una graciosa recibida: los ciervos. Una de las atracciones naturales del lugar son estos animales que vagan libremente por todos lados. También constituyen un peligro ya que hay carteles por todas partes advirtiendo de cuidar las pertenencias porque a los ciervos les gusta "robar" y comer todo tipo de cosas, ¡hasta papel!

A continuación nos dirigimos a visitar el famoso santuario construido alrededor del siglo VI. En el siglo XII la poderosa familia Taira lo reconstruye. La estructura que se encuentra hoy data del 1571.

El santuario esta dedicado a tres diosas del mar: Ichikishima, Tagori y Tagitsu. La tradición dice que viven en el sanctasanctórum, la capilla interna del santuario.










Santuario Itsukushima durante la marea alta

El santuario esta construido sobre la playa de la isla. Tiene la peculiaridad que cuando la marea sube, la estructura de madera parece quedar suspendida, como flotando sobre el agua. Fue realizado según el estilo shinden. Este estilo arquitectónico era característico de la mansiones cortesanas de Kyoto durante el periodo Heian (794-1185) y se caracterizaba por un complejo de edificios conectados entre si por largos corredores techados abiertos por los costados (foto derecha). Estos edificios estaban rodeados por un amplio estanque.


Esta construido en madera y pintado de rojo. Se compone del santuario principal, varios edificios secundarios, un escenario (foto izquierda) donde se realizan obras de teatro Noh y otros espectáculos, corredores y puentes que conectan los diversos edificios.


Completa la belleza del paisaje el gran Otorii ubicado enfrente del santuario. Los Torii son portales que indican la entrada a un recinto sagrado y los encontramos a la entrada de todos los santuarios shintoistas. En el caso del Torii de Utsukushima encontramos apropiadas las palabras de Satori Bhante, autor del libro “El Shintoismo”:

“…aunque los torii, símbolo central y típico del shintoismo, dan acceso a los distintos sectores del templo, en este caso tiene una función mas coherente con el espíritu original del shinto, que concibe poéticamente todo el espacio como un vasto templo habitado por los kamis...”

El Otori esta construido en madera de alcanfor, los primeros se construyeron en el período Heian, la estructura presente data de 1875. Es sin lugar a dudas el símbolo de la isla. A la izquierda y debajo vemos el Otori con la marea baja. Cuando la marea sube, también queda igual que el templo suspendido: parece flotar sobre el agua.

Siguiendo nuestro recorrido nos dirigimos hacia el monte Misen, en el centro de la isla. Miyajima posee muchas bellezas naturales y en nuestro camino de ascenso pasamos por el bosque de momiji o arce japonés que en otoño se tiñe de diferentes tonos de rojo, pintando un cuadro paradisíaco. Desgraciadamente no tuvimos la oportunidad de verlos así, nuestro viaje fue en el avanzado invierno y los árboles ya habían perdido las hojas. No solo ciervos encontramos en nuestro camino sino también gran cantidad de monitos vagando por ahí, como el que parece contemplar el paisaje a la derecha. El monte Misen es el pico mas alto de la isla, alrededor de 530 metros, en su cima hay un mirador que ofrece una vista privilegiada. Desde ahí arriba pudimos contemplar el hermoso paisaje marítimo que se extiende en todas las direcciones. Se puede ver el mar interior, la ciudad de Hiroshima (izquierda) y la gran isla de Shikoku, que es la que se encuentra enfrente de Honshu, la isla principal y más grande del archipiélago de Japón.


Al regresar de nuevo hacia la playa quedamos sorprendidos al ver el nuevo paisaje: bajo la luz del atardecer la marea había subido y el santuario junto con el Torii se encontraban ahora con sus cimientos debajo del agua.

El sol cae sobre el puerto de la isla

domingo, 20 de enero de 2008

Viaje al sur

Este es un adelanto de nuestro último viaje en donde visitamos Kyoto, Himeji e Hiroshima con una breve explicación de las fotos. En las próximas semanas subiremos una entrada de cada lugar. Lo que ven aquí arriba es el jardín del palacio Ninomaru que está en el Castillo de Nijo, en el centro de Kyoto. En el centro de la foto se puede ver la protección de paja que colocan sobre las palmeras para que el frío y la nieve no las dañe.
Aquí una foto del jardín del famoso santuario Heian Jingu, también en Kyoto. En el fondo se ve el corredor de madera que cruza el estanque. Una escena de la película "El ultimo Samurai" fue filmada aquí.

A una hora y media al sur de Kyoto, visitamos el castillo de Himeji. Es considerado uno de los castillos mas lindos de Japón. La foto debajo pertenece a unas de las habitaciones del castillo donde se recreó la vida cortesana de la época medieval.
Luego nos dirigimos a Hiroshima. Las fotos, que fueron sacadas en el museo de la Paz, muestran el antes y después de la zona donde cayó la bomba atómica.

Sobre la margen izquierda del río vemos el Domo de la bomba atómica. Este edificio pertenecía a la Promoción Industrial y quedó como un icono de la explosión atómica.
Cenotafio en el Parque de la Paz y el Domo en el fondo.


Siguiendo nuestro viaje visitamos la Isla de Miyashima, a 30 minutos de Hiroshima. Esta bella isla es considerada sagrada desde tiempos inmemoriales por el pueblo japonés. El Torii naranja es el portal de entrada al Santuario Itsukushima, situado en la costa de la isla.

Un punto panorámico de la isla, es el lugar mas alto a 500 metros de altura. Desde aquí se puede ver el hermoso espectáculo que ofrece la bahía de Hiroshima.





sábado, 22 de septiembre de 2007

La cueva de las Rocas Celestiales

Un drama clásico: el reparto de una herencia entre los hijos. Aunque en este caso su escala tiene proporciones mayores: el reparto de territorios cósmicos entre los dioses. De la pareja cósmica primordial nacieron tres hermanos: Amaterasu, la diosa del sol, Tsuki-yomi, dios de la luna; y Susano, el dios de la tormenta. Su padre, Izanagi, le otorgó a Amaterasu los cielos, a Tsuki-Yomi la noche y a Susano el océano. Pero este último se sintió ultrajado, muy disconforme con el reparto. Entonces, seguro de sí mismo, le propuso a su hermana Amaterasu una prueba: el que engendrara de sí mismo por su propia fuerza las deidades más poderosas ganaría la misma. Amaterasu desconfió de él pero finalmente accedió, resultando ganadora. Su hermano lejos de aceptar la derrota se enfureció, asustándola y ofendiéndola de mil maneras, fue bochornoso todo lo que le hizo. La diosa del sol aguantó y aguantó hasta que, asustada por el comportamiento irrefrenable de su hermano, se retiró a una cueva en el cielo, tapando la entrada con una gran roca. Desde ese momento el mundo se sumergió en una oscuridad profunda, plagándose el mundo de malos espíritus.

El lugar donde se escondió la diosa está muy cerca de la ciudad de Nagano, en el pueblo de Togakushi, en una zona de bellísimas montañas, lagos serenos y bosques silenciosos.

Allí se encuentra un sistema de tres santuarios shintoistas, situados a diferentes alturas en la montaña y distan 2 kilómetros aproximadamente el uno del otro. Los mismos denotan un camino procesional que comienza en el santuario inferior, llamado Hokosha. Pero como esforzados peregrinos que somos, tomamos un colectivo hasta el santuario medio, llamado Nakasha. Apenas nos bajamos divisamos dos grandes árboles situados a cada lado de la calle. Enfrente se encuentra el torii o portal que marca la entrada del santuario. Hay que subir un poco por una escalinata de piedra y allí vemos el santuario, rodeado de árboles gigantescos, tres de los mismos tienen 900 años de antiguedad. A su derecha se encuentra una pequeña vertiente. Por detrás se extiende el bosque que asciende la montaña. El santuario sirve de hogar para el dios Ame-no-yagokokoro- omoigane-no-mikoto. Nos detenemos a contemplar unas breves ceremonias donde un kannushi (sacerdote) con su vestimenta ritual luego de tocar el tambor dirige unas palabras a los destinatarios particulares del rito.

Luego seguimos nuestro recorrido, teníamos dos opciones, una corta y la otra larga. Elegimos la segunda, porque podíamos adentrarnos por los senderos solitarios del bosque y descubrir los lagos encerrados entre los árboles. Descubrimos a nuestro paso gran diversidad de hongos, mientras escuchábamos diferentes cantos de pájaros. Cuando llegamos a los lagos, el panorama se abre y podemos admirar las montañas que les sirven de marco reflejándose en la superficie de los mismos.









Finalmente, llegamos al principio del final de nuestro recorrido. De pronto el sendero de abre y nos topamos con uno mucho más ancho. Un par de leones guardianes cuidan la entrada de este sendero. Cerca se encuentra el portal, que a su vez tiene dos deidades guardianas a cada lado.







Apenas pasamos el portal, nos encontramos abrumados por el bosque antiguo, el sendero está flanqueado por altísimos árboles que semejan columnas, firmes, poderosas, parecen no tener fin. La especie es única del Japón, es la Cryptomeria Japonica, pertenece a la familia del ciprés y su nombre local es sugi. El majestuoso sugi puede alcanzar los 70 metros de altura y se encuentra generalmente rodeando a los santuarios. Es el árbol nacional de Japón. Sus grandes raíces, enmarañadas y cubiertas de musgo crean un espectáculo atrapante.



A la derecha del sendero corre un arroyo entre las rocas, la profusa vegetación y los altos árboles.


Seguimos subiendo, ya estamos a unos 1200 metros y vemos que el bosque se abre, detrás se ven las siluetas de los volcanes Togakushi e Izuma, de unos 2000 metros de altura. Por ahora se los ve tranquilos. Así llegamos al santuario superior. Nuevamente hay dos leones guardianes y un poco más arriba un santuario secundario donde podemos ver a una mujer rezando y a la derecha el santuario Okusha. Dentro del mismo se encuentra como figura central un ícono realizado de papel, particular de los santuarios shinto, ya que no poseen imágenes de los dioses. Unas banderas con estilizadas svásticas indican el clan al que pertenecía el santuario.

Pero, ¿a quien está dedicado el santuario? A la izquierda hay una pequeña capilla que guarda la respuesta. Se ve a la diosa Amaterasu detrás de un grupo de seres reunidos. Aquí va el final del mito que contábamos al principio. Está tomado del Kojiki, la primera crónica de la historia japonesa, donde se conjuga con la mitología por supuesto.

Ante los desastres que estaba provocando se hermano, Amaterasu se asustó tanto que se encerró en la Cueva de las Rocas Celestiales (Ame no iwato), de esa forma el mundo quedó en una total oscuridad. Una asamblea de ochocientos dioses se reunió con el fin de solucionar el problema. Trataron de hacerla salir de la cueva recurriendo a diversos trucos pero ninguno funcionó. Finalmente, se le ocurrió un plan a Omori-kane no kami, el hijo sabio de Takamimusibi. Todos estuvieron de acuerdo y se pusieron inmediatamente a fabricar espejos que iban colgando en un gran árbol sasaki de quinientas ramas, que habían arrancado de la montaña y colocado justo delante de la cueva. Cuando estuvo todo listo, prepararon un ritual, llevaron ofrendas allí y Ame no Uzume comenzó a ejecutar una danza erótica delante de la cueva. Dicen que cuando se destapó los senos y se subió las faldas, las risas de los ochocientos dioses hicieron retumbar a la Alta Planicie Celestial.

Por supuesto que tanto jolgorio no podía más que provocar la curiosidad de Amaterasu, quién se acercó un poco a la entrada de la cueva. Al ver a los dioses preguntó: “¿Porqué bailan y ríen tanto si el mundo se encuentra en tinieblas?” Ame no Uzume contestó: “nos reímos y divertimos porque aquí hay una divinidad más venerable que tú!”.

Amaterasu estaba intrigadísima por saber quien era, sin pensarlo siquiera se asomó un poco más y miró hacia donde estaba el árbol, y vio una diosa refulgente, que emitía luz por doquier. Sin saber que era su propio reflejo, se asomó un poco más, situación que aprovechó Tachikarawo, el dios que estaba escondido a lado de la puerta, para tomarla de la mano y obligarla a salir del todo. Otro dios mientras tendía una cuerda mágica para que la diosa no pudiera regresar a la cueva. Así el sol, o la sol, volvió a brillar sobre el mundo, hasta el día de hoy.

Finalmente, la asamblea de ochocientos dioses impuso a Susano un castigo por sus fechorías: una multa consistente en mil mesas de ofrendas. También le cortaron la barba y las uñas de manos y pies para luego expulsarlo de la Alta Planicie Celestial.

El santuario superior está dedicado al dios Tachikarawo, protagonista esencial en la salvación del mundo. Luego, el Kojiki cuenta que cuando Amaterasu mandó a su nieto a pacificar el país, le dió tres objetos que luego se convertirían en los famosos tres tesoros imperiales: las joyas, una espada y el espejo, el mismo que alguna vez estuvo, en el principio de los tiempos, delante de una cueva lejana de las montañas de Togakushi.

domingo, 16 de septiembre de 2007

Viaje al mundo prehistórico

La era contemporánea y su gran invento, el avión, nos ha permitido viajar velozmente por casi todo el planeta. Pero el anhelo, casi capricho, que queda sin satisfacer es viajar por el tiempo. Fue un británico del siglo XIX, Herbert George Wells quien legó a la posteridad su famosa novela La máquina del tiempo, que tanto impactó la mentalidad del siglo XX con sus versiones cinematográficas.

Para venir a Japón ya hemos viajado bastante, y como experiencia agregada a tamaño viaje, pudimos la semana pasada hacer un salto en el tiempo, hacia la prehistoria. Uno no ha dejado todavía atrás la telaraña de rutas y modernas autopistas con su enjambre silencioso de autos último modelo cuando se encuentra sumergido de repente en una aldea prehistórica, si, de mucho antes de la invención de la escritura.

La aldea es una recreación ideal perteneciente a la cultura Jomon, cuyos orígenes se remontan al 10000 AC., cuando la época glacial recién se terminaba. Esta cultura dominó el archipiélago japonés hasta el siglo III AC, cuando son desplazados abruptamente por otra cultura, la Yayoi, proveniente de la isla de Kyushu, al suroeste de la isla central y más extensa de Honshu, donde estamos parados en este momento (aunque a veces se mueva).

Se dedicaban a la recolección, tanto de vegetales como de mariscos, a la caza y a la pesca, actividad que ha configurado la culinaria japonesa hasta nuestros días. Sacarle el pescado a un japonés es igual a sacarle la carne a un argentino: no saben que comer si ocurre tamaña “tragedia”. El trabajo no se había inventado todavía, pasaron milenios hasta la introducción de la cultura del arroz. Hasta entonces sólo practicaban una agricultura de tipo silvestre, limitándose a proteger aquellos plantas nutritivas que crecían espontáneamente.

Vivían en esas lindas cabañas de paja y madera que podemos ver. Las hacían tanto rectangulares como circulares. Una ventanita en la parte superior dejaba escapar el humo proveniente de la hoguera, donde cocinaban y se acercaban en el invierno para paliar el frío.





El interior de las cabañas no es apto para vegetarianos: pieles que hacen de alfombra, liebres, pescados y aves colgando de las vigas de madera y otras cosas por el estilo. También vemos variados utensilios para la cocina, la caza y la pesca, el arreglo personal y la confección de la vestimenta. Utilizaban la obsidiana para tallar cuchillos y puntas de flecha. Hacían hachas pulimentadas como también arpones y anzuelos fabricados con asta de ciervo.






Por lo visto, debemos ubicar a esta cultura de la Edad de Piedra por sus características en el período previo al neolítico, el paleolítico, ya que no practicaban la agricultura y la ganadería. Pero por su cerámica entran de lleno en el neolítico, en el primer puesto. La cerámica Jomon es la más antigua que se conoce. Las piezas se solían decorar con surcos, incrustando caracoles o presionando con cuerdas sobre su superficie. Eso le da el nombre a la cultura: la cerámica de esta época se conoce como jomon doki (jo: cuerda; mon: modelo, y doki: vasija de barro). La creencia común era que la cerámica china era anterior, pero la más antigua descubierta tiene 9000 años. A partir de época mucho más recientes influyó en la cerámica japonesa.

Es remarcable el desarrollo que adquirió la cerámica Jomon con el tiempo, creando esas fantásticas figuras que adornan como trenzas la parte superior de las vasijas. Se descubrieron en la prefectura vecina a la de Nagano, en Niigata (donde fue el epicentro del último terremoto). La más antigua tiene 5000 años. Uno las ve y se traslada a un mundo mítico.






En el centro del poblado se encuentra una estructura religiosa que es el antecedente del torii (esos portales que marcan la entrada a los santuarios shinto) que conocemos. En el poste horizontal aparecen reproducciones de pájaros. Allí presentaban sus ofrendas los habitantes de la aldea. Torii significa justamente pájaro, y en su origen simplemente debe haber sido el lugar elegido por los pájaros para posarse. Su alianza con el cielo debe haber sugerido el valor sagrado de la estructura.




Frente al torii se encuentra una cabaña que pensamos se usaba como almacén, dada su construcción sobreelevada sobre postes de madera.

Así termina nuestro viaje. Nos trasladamos así por unos momentos a una aldea de la Edad de Piedra. Entramos sin ser vistos a sus hogares, apreciamos las construcciones, la cerámica, compartimos sus ofrendas a los dioses, pero sólo se nos permite unos momentos, la máquina del tiempo ya está en marcha para llevarnos de regreso al siglo XXI.


domingo, 15 de julio de 2007

Crónica de una peregrinación anunciada

De alguna forma se apoderó de nosotros la idea de que ir a Japón y no visitar el monte Fuji es como viajar a Egipto y no visitar las pirámides de Gizeh. Postales, fotos, propagandas en TV, remeras, pinturas, estampas, por todas partes recibimos el llamado del monte sagrado. ¿Cómo desoírlo entonces? ¿Cómo ignorar la presencia majestuosa de ese arquetipo que aunque lo veamos despiertos, parece salido de un sueño?

Acudimos al llamado entonces, comenzando nuestra moderna peregrinación el pasado 9 de julio. La temporada de ascensión apenas había comenzado, y esperábamos que un lunes no hubiera tanta gente ascendiendo como la que habíamos visto en algunas fotos. Es que durante los meses de julio y agosto, cuando se permite subir al monte, cerca de 300000 personas se lanzan a la ascensión, un promedio de 5000 personas por día no contribuía para nada a nuestra imagen romántica del viejo peregrino subiendo con su bastón hasta la cima. Tampoco contribuían las decenas de colectivos y edificios que encontramos en la 5° estación, un complejo de restaurantes y negocios situados a 2400 metros de altura, 400 metros por encima del Cerro Uritorco o el Catedral, las máximas alturas que habíamos llegado hacia unos años atrás. Igualmente faltaba bastante para llegar a la cima, a casi 3800 metros. Por eso decidimos tomar un bus hasta allí y no comenzar la ascensión desde la base, cosa que nos demandaría 10 horas en forma continua.

Comenzamos a ascender desde allí a las 13:30. Al principio nos cruzamos con bastante gente que regresa y nos saluda con un alegre Konnichiwa! Se respira un ambiente de camaradería. La primer etapa, entre la 5 y la 6° estación es bastante agradable, un camino que discurre en medio del bosque. Es amplio, absoluta y exageradamente señalizado. Nada que ver con las picadas de los cerros argentinos. Eso le brinda artificialidad al paisaje, pero al mismo tiempo, si pensamos en la cantidad de gente que sube, sería un infierno para los encargados de la seguridad si no estuviera marcado el camino con tanta claridad. Además, el suelo es piedra volcánica suelta, por lo tanto también se han construido a lo largo del camino decenas de defensas y muros que hacen que no se produzcan movimientos de tierra.


Llegamos a la estación 6° en apenas 30 minutos. Como las construcciones que siguen, es una especie de cabaña larga con la espalda incrustada en la montaña. Compramos una botella de agua a 300 yenes (el precio normal es 120) porque sabemos que cuanto más arriba estemos más cara saldrá, ¡Cómo se extraña el agua fresca y pura (y gratis) del arroyo del Cerro Catedral! El paisaje ya ha cambiado bastante, se ven algunas notas verdes en la inmensidad de la superficie negra y roja del volcán. La visión es bastante surrealista, más que nada por la densa neblina que estamos atravesando, por momentos podemos ver a sólo 10 metros. Estamos perdidos en las nubes. Ahora sé como viven algunas personas.



Sólo nos queda…seguir subiendo. Cada vez se torna más pesado el ascenso. El oxígeno parece que empezara a escasear, eso se traduce en dolor de cabeza. Así llegamos a la estación séptima, a 2700 metros. Desde aquí los distintos albergues se suceden, 100 metros más y pasamos por el albergue Toriiso, reconocido por el torii rojo que se ve desde lejos (foto derecha)


Desde aquí podemos ver la densa capa de nubes que ha quedado abajo.

Continuamos, el ascenso se ha vuelto más escarpado, extensos manchones de nieve se pueden ver a lo lejos, mientras el sol parece que va a desaparecer tras la línea de la pendiente.

Pero es temprano aún, hacia las 4 de la tarde llegamos casi a la 8° estación, a unos 3000 metros de altura. Tiempo de merienda, un poco de descanso y a seguir hacia el albergue que habíamos reservado. Antes aprovechamos para sacarle una foto a la flor silvestre que habita en las alturas. A partir de allí no hay más vegetación. A las 6 de la tarde llegamos al albergue Tomoekan, a 3360 metros de altura. Nos reciben con una tasa de te verde caliente. Los “aposentos” son colectivos, una especie de cama cucheta grupal sin separación alguna entre un futón y otro. Ya no queda mucho por hacer, la tarde cae y el cansancio hace presión para que la hora de acostarse llegue pronto. Son las 8 de la noche y nos hemos acostado. Como lo habíamos previsto, un lunes a comienzo de temporada no hay mucha gente subiendo. Debe resultar imposible pernoctar allí un fin de semana, dicen que la gente no tiene espacio siquiera para darse vuelta cuando duerme. A pesar de ello, no descansamos muy bien, el futón es duro, no tanto como el piso de una carpa pero casi, y más que nada, la disciplina de los escaladores: está oscuro y suenan los primeros despertadores. Estamos a 80 minutos de la cima, pero como el sol sale aproximadamente a las 4:30, mucha gente desea verlo desde la cima. Nos levantamos para ver la hora…son las 2:15! Una parte de mí dice que me vuelva a acostar, la otra parte está dormida, así que seguimos durmiendo. A las 4 de la mañana hay más movimiento, la mayoría de la gente se está levantando. Sigue estando oscuro, está lloviendo, no hay muchas posibilidades de ver el sol ni en la cima ni en ninguna parte. Pero sucede un milagro, por escasos minutos, el Atón nos sonríe, tímidamente. Aunque no ha parado de llover, y no parará por largo rato.

Desayunamos, y las 5 emprendemos el tramo final, llego la hora de poner a prueba los pilotos.

La situación se va complicando, el cansancio, el haber dormido mal, la falta de oxígeno, la lluvia y el intenso viento se han confabulado contra nosotros. Nuestras piernas están empapadas, no se ve mucho, duele la cabeza, Laura está descompuesta. Después de un rato divisamos un poco más arriba un torii…pero no es el último, señala la cercanía del torii que ansiamos divisar, la del santuario Sengen Taisha Okumiya, a 3720 metros. Aún nos falta 20 minutos para llegar (aunque no lo sabemos) y Laura decide quedarse allí. Así que me pongo en modo planta trepadora y continúo, contra lluvia y viento y evitando mover bruscamente la cabeza ya que el dolor es grande. Por fin, veo un poco más arriba, dentro de ese limbo gris, el torii más alto de Japón, con los leones a cada costado, que marcan el principio y el final, el fin del ascenso y el comienzo del descenso, ya que la visibilidad es tan escasa que por detrás del santuario el cráter del volcán no aparece, aunque tenga 2 Km. de circunferencia. Llevaría una hora dar la vuelta, pero no tiene sentido, no se ve nada y mis pantalones y zapatillas están mojados. Al menos Descubrí varias leyes físicas, entre ellas:

  • a medida que uno asciende también desciende la temperatura, hacía 25° en la base de la montaña y 5° en la cima, ésta se relaciona con la segunda ley:
  • a medida que uno asciende, aumenta la cantidad de ropa que uno lleva puesta
  • la altura es directamente proporcional al costo en yenes de las botellitas de agua mineral
  • la altura es directamente proporcional a la cantidad de veces por minuto que pensamos ¿Qué estoy haciendo acá arriba?
  • la altura es inversamente proporcional a las posibilidades de dormir en una cama cómoda y agradable
  • la posibilidad de precipitaciones aumenta a medida que nos alejamos de un techo o albergue

Mientras tanto, el volcán que descansa sigue impasible, inadvertido como en la famosa estampa de Hokusai, donde cuesta darse cuenta de ese testigo impasible, cuyos colores invernales se confunden con las furiosas olas. La imagen marca simbólicamente el contraste entre el dominio de lo sagrado, la tranquila y ecuánime montaña, y el agitado drama humano de los pescadores que se debaten entre la vida y la muerte.

El Fujisan, seguirá envuelto en la belleza misteriosa que sólo se puede ver de lejos, llegar hasta allí ese día fue como haberse alejado del monte sagrado, ya que estábamos en una nube de lluvia, viento y frío. Pero al fin y al cabo, ese sea quizás el secreto de la peregrinación y de la austeridad, perderse para volverse a encontrar…