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sábado, 8 de diciembre de 2007

El ritmo del corazón

Siempre caemos en la generalización, los chinos son todos iguales, los indios eran todos malos, los alemanes son fríos. Lo mismo se aplica al género femenino. En nuestro caso, habíamos llegado a una generalización acerca de los japoneses: no se apasionan con nada. Pasión, fuerza, sentimiento, garra, pensábamos, son vivencias desconocidas para los 130 millones de japoneses que habitan el archipiélago. Al menos eso parecía, era una apreciación completamente superficial, además de ser muy general. Recuerdo la película El último samurai, en donde el capitán norteamericano se da cuenta de que atrás de toda la pulcritud, meticulosidad y perfección que los japoneses colocan en todas sus tareas y artes, se esconden profundos sentimientos.

Y si de pasión se trata, esos sentimientos afloran de repente cuando asistimos a una presentación de algún grupo de Taiko, tambores japoneses. Así se le llama también actualmente al arte, aunque literalmente significa tambor grande o gordo. Existen tambores de todos los tamaños y formas, pero taiko se refiere al tambor que se toca con palillos. De todas maneras podemos distinguir unos tambores que son portables y se llaman byou-daiko o tambor con cabeza clavada (para que no suene tan sanguinario, por cabeza debemos entender el parche del tambor) y otros que tienen el parche sobre un aro y estirado con cuerdas. Estos últimos llegan a medir más de un metro y medio, y se hace necesario transportarlo entre varias personas (no sólo por su tamaño: puede pesar 300 kilos). Esta de más decir la fuerza que se necesita para tocarlos.

Taiko grande, de más de 1 metro de diámetro

Hay otros tambores que son exclusivos de la música tradicional y se utilizan por ejemplo en el teatro Noh (para saber sobre el teatro Noh pueden visitar la entrada en este blog), uno se llama kotsuzumi, que se apoya sobre el hombro y el otro otsuzumi, ambos se tocan directamente con las manos. Tradicionalmente el taiko se utilizaba junto con otros instrumentos, pero la mayoría de los grupos modernos se dedican exclusivamente al taiko, algunos grupos como Kodo o Yamato han realizado numerosas presentaciones en el exterior asombrando a gente de muchos países. Pero la idea de presentación o show es reciente, el uso del taiko era muy distinto originalmente. Hagamos un poco de historia, en la época prehistórica, durante el período Jomon cada aldea usaba el taiko para pedir y agradecer las cosechas. Debido a su uso ritual pronto se le adjudicó carácter divino. Solamente los hombres sagrados, los chamanes podían tocarlo y en ocasiones especiales. El tiempo pasó, entre el 300 y el 900 llegó la influencia del continente, tanto de China como de Corea que hacía de puente cultural. Por ello el taiko japonés de hoy en día es parecido a sus parientes chinos y coreanos, aunque su forma y su arte se desarrollaron en forma autónoma desde hace 1000 años, adquiriendo rasgos específicos de la cultura japonesa.

Así fue que se asoció al arte marcial, se usaba para intimidar al enemigo (tal uso se le ha dado en muchas culturas desde la antigüedad) En plena Edad Media japonesa, hacia el 1500, centenares de castillos surgieron por doquier. Se sabe que el sonido del taiko era usado en esa época para indicar acciones y coordinar movimientos de batalla, era lógico, era el único instrumento que podía ser oído en tales circunstancias. Un soldado llevaba el taiko como si fuera una mochila, mientras otros dos lo golpeaban de cada lado.

Fuera de esos violentos escenarios, el uso tradicional del taiko debemos buscarlo en los templos budistas y santuarios shinto, en los rituales regulares y especialmente en los festivales comunitarios relacionados como dijimos antes con las cosechas y además con el culto de los antepasados. En tal sentido, las danzas Bon Odori se realizan en todo Japón a mediados de agosto, con el objetivo de celebrar el día de los muertos o la fiesta de las almas. Esta última denominación es la más indicada, porque el ambiente esta lejos de ser lúgubre., justamente porque se abren las puertas del otro mundo y se toma contacto con los familiares fallecidos. Tal encuentro es motivo de alegría y agradecimiento, lejos de las connotaciones occidentales que inspiran terror a la muerte y a los muertos. Por eso el festival japonés está más cerca de Halloween o del carácter que se le da en México al día de los muertos. Bien, ¿pero que tiene que ver con el tambor? Cuando se celebran las danzas tradicionales Bon-Odori, se acostumbra a tocar el taiko. La imagen de los conjuntos de tambores tocando en esta época esta unida a la celebración, parecen actuar como invocando los espíritus de los antepasados.

El tambor invoca también uno de las fuerzas más poderosas: el trueno. En la antigüedad se creía que al imitar el sonido del trueno, se atraía al espíritu de la tormenta. Esa es la relación directa que tenía con la producción de una buena cosecha. Al tocar el tambor, se estaba llamando a Raijin: Dios del Trueno y los Relámpagos. El dios se representa como un demonio, por lo general de piel roja, que golpea un tambor: así produce los truenos. También se lo representa con un aro alrededor que “engarza” 8 pequeños tambores similares a panderetas (ver abajo). Aquí una vez más, se confunden las obras divinas y humanas. Hemos creado un instrumento para imitar algo que consideramos divino, como es la fuerza de la tormenta con sus rayos y truenos, pero luego esa creación se transforma en algo que ya existía en los lejanos tiempos míticos como atributo de un dios y como objeto necesario para producir los truenos y rayos. Es el efecto bumerang.

Las fotos de esta entrada fueron tomadas en ocasión de un festival de otoño celebrado en Togakushi, un pequeño pueblo de montaña cerca de la ciudad de Nagano. Debajo de la nota también pueden acceder a un corto video sobre la presentación del conjunto de taiko.

Más cercano que el trueno, y sobretodo más íntimo, es el sonido del corazón el que se asocia inmediatamente con el percutir del tambor. Tal pulsación es el sonido vital. Tiene momentos calmos y momentos frenéticos. Es la misma naturaleza pulsando. Al escuchar una representación de taiko la fuerza que entregan los percusionistas repercute en el corazón, nos aviva, nos saca la modorra, nos contacta con la fuerza más grande: la fuerza de la vida.


Para leer acerca del uso del tambor en el teatro tradicional, pueden visitar el sitio

http://www.japonartesescenicas.org/teatro/generos/noh/musica.html

sábado, 22 de septiembre de 2007

La cueva de las Rocas Celestiales

Un drama clásico: el reparto de una herencia entre los hijos. Aunque en este caso su escala tiene proporciones mayores: el reparto de territorios cósmicos entre los dioses. De la pareja cósmica primordial nacieron tres hermanos: Amaterasu, la diosa del sol, Tsuki-yomi, dios de la luna; y Susano, el dios de la tormenta. Su padre, Izanagi, le otorgó a Amaterasu los cielos, a Tsuki-Yomi la noche y a Susano el océano. Pero este último se sintió ultrajado, muy disconforme con el reparto. Entonces, seguro de sí mismo, le propuso a su hermana Amaterasu una prueba: el que engendrara de sí mismo por su propia fuerza las deidades más poderosas ganaría la misma. Amaterasu desconfió de él pero finalmente accedió, resultando ganadora. Su hermano lejos de aceptar la derrota se enfureció, asustándola y ofendiéndola de mil maneras, fue bochornoso todo lo que le hizo. La diosa del sol aguantó y aguantó hasta que, asustada por el comportamiento irrefrenable de su hermano, se retiró a una cueva en el cielo, tapando la entrada con una gran roca. Desde ese momento el mundo se sumergió en una oscuridad profunda, plagándose el mundo de malos espíritus.

El lugar donde se escondió la diosa está muy cerca de la ciudad de Nagano, en el pueblo de Togakushi, en una zona de bellísimas montañas, lagos serenos y bosques silenciosos.

Allí se encuentra un sistema de tres santuarios shintoistas, situados a diferentes alturas en la montaña y distan 2 kilómetros aproximadamente el uno del otro. Los mismos denotan un camino procesional que comienza en el santuario inferior, llamado Hokosha. Pero como esforzados peregrinos que somos, tomamos un colectivo hasta el santuario medio, llamado Nakasha. Apenas nos bajamos divisamos dos grandes árboles situados a cada lado de la calle. Enfrente se encuentra el torii o portal que marca la entrada del santuario. Hay que subir un poco por una escalinata de piedra y allí vemos el santuario, rodeado de árboles gigantescos, tres de los mismos tienen 900 años de antiguedad. A su derecha se encuentra una pequeña vertiente. Por detrás se extiende el bosque que asciende la montaña. El santuario sirve de hogar para el dios Ame-no-yagokokoro- omoigane-no-mikoto. Nos detenemos a contemplar unas breves ceremonias donde un kannushi (sacerdote) con su vestimenta ritual luego de tocar el tambor dirige unas palabras a los destinatarios particulares del rito.

Luego seguimos nuestro recorrido, teníamos dos opciones, una corta y la otra larga. Elegimos la segunda, porque podíamos adentrarnos por los senderos solitarios del bosque y descubrir los lagos encerrados entre los árboles. Descubrimos a nuestro paso gran diversidad de hongos, mientras escuchábamos diferentes cantos de pájaros. Cuando llegamos a los lagos, el panorama se abre y podemos admirar las montañas que les sirven de marco reflejándose en la superficie de los mismos.









Finalmente, llegamos al principio del final de nuestro recorrido. De pronto el sendero de abre y nos topamos con uno mucho más ancho. Un par de leones guardianes cuidan la entrada de este sendero. Cerca se encuentra el portal, que a su vez tiene dos deidades guardianas a cada lado.







Apenas pasamos el portal, nos encontramos abrumados por el bosque antiguo, el sendero está flanqueado por altísimos árboles que semejan columnas, firmes, poderosas, parecen no tener fin. La especie es única del Japón, es la Cryptomeria Japonica, pertenece a la familia del ciprés y su nombre local es sugi. El majestuoso sugi puede alcanzar los 70 metros de altura y se encuentra generalmente rodeando a los santuarios. Es el árbol nacional de Japón. Sus grandes raíces, enmarañadas y cubiertas de musgo crean un espectáculo atrapante.



A la derecha del sendero corre un arroyo entre las rocas, la profusa vegetación y los altos árboles.


Seguimos subiendo, ya estamos a unos 1200 metros y vemos que el bosque se abre, detrás se ven las siluetas de los volcanes Togakushi e Izuma, de unos 2000 metros de altura. Por ahora se los ve tranquilos. Así llegamos al santuario superior. Nuevamente hay dos leones guardianes y un poco más arriba un santuario secundario donde podemos ver a una mujer rezando y a la derecha el santuario Okusha. Dentro del mismo se encuentra como figura central un ícono realizado de papel, particular de los santuarios shinto, ya que no poseen imágenes de los dioses. Unas banderas con estilizadas svásticas indican el clan al que pertenecía el santuario.

Pero, ¿a quien está dedicado el santuario? A la izquierda hay una pequeña capilla que guarda la respuesta. Se ve a la diosa Amaterasu detrás de un grupo de seres reunidos. Aquí va el final del mito que contábamos al principio. Está tomado del Kojiki, la primera crónica de la historia japonesa, donde se conjuga con la mitología por supuesto.

Ante los desastres que estaba provocando se hermano, Amaterasu se asustó tanto que se encerró en la Cueva de las Rocas Celestiales (Ame no iwato), de esa forma el mundo quedó en una total oscuridad. Una asamblea de ochocientos dioses se reunió con el fin de solucionar el problema. Trataron de hacerla salir de la cueva recurriendo a diversos trucos pero ninguno funcionó. Finalmente, se le ocurrió un plan a Omori-kane no kami, el hijo sabio de Takamimusibi. Todos estuvieron de acuerdo y se pusieron inmediatamente a fabricar espejos que iban colgando en un gran árbol sasaki de quinientas ramas, que habían arrancado de la montaña y colocado justo delante de la cueva. Cuando estuvo todo listo, prepararon un ritual, llevaron ofrendas allí y Ame no Uzume comenzó a ejecutar una danza erótica delante de la cueva. Dicen que cuando se destapó los senos y se subió las faldas, las risas de los ochocientos dioses hicieron retumbar a la Alta Planicie Celestial.

Por supuesto que tanto jolgorio no podía más que provocar la curiosidad de Amaterasu, quién se acercó un poco a la entrada de la cueva. Al ver a los dioses preguntó: “¿Porqué bailan y ríen tanto si el mundo se encuentra en tinieblas?” Ame no Uzume contestó: “nos reímos y divertimos porque aquí hay una divinidad más venerable que tú!”.

Amaterasu estaba intrigadísima por saber quien era, sin pensarlo siquiera se asomó un poco más y miró hacia donde estaba el árbol, y vio una diosa refulgente, que emitía luz por doquier. Sin saber que era su propio reflejo, se asomó un poco más, situación que aprovechó Tachikarawo, el dios que estaba escondido a lado de la puerta, para tomarla de la mano y obligarla a salir del todo. Otro dios mientras tendía una cuerda mágica para que la diosa no pudiera regresar a la cueva. Así el sol, o la sol, volvió a brillar sobre el mundo, hasta el día de hoy.

Finalmente, la asamblea de ochocientos dioses impuso a Susano un castigo por sus fechorías: una multa consistente en mil mesas de ofrendas. También le cortaron la barba y las uñas de manos y pies para luego expulsarlo de la Alta Planicie Celestial.

El santuario superior está dedicado al dios Tachikarawo, protagonista esencial en la salvación del mundo. Luego, el Kojiki cuenta que cuando Amaterasu mandó a su nieto a pacificar el país, le dió tres objetos que luego se convertirían en los famosos tres tesoros imperiales: las joyas, una espada y el espejo, el mismo que alguna vez estuvo, en el principio de los tiempos, delante de una cueva lejana de las montañas de Togakushi.